Palabras mudas
callada disciplina.
Destrenzándome
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lunes


Cuentas


La historia de  mi estupidez llenaría muchos volúmenes.

Unos estarían dedicados a la acción en contra de la conciencia,
como el vuelo de la falena que, aunque lo supiera,
igualmente tendría que alcanzar la llama de la vela.

Otros se ocuparían de las maneras de ahogar  la ansiedad,
el murmullo que advierte pero que no es escuchado.

Trataría de manera independiente la satisfacción y el orgullo,
cuando era aquél que creía,
así que avanzaba a paso victorioso sin sospechar nada.

Y todo tendría como tema el deseo. Si fuese
el mío propio. Pero no. Por desgracia,
me alentaba porque yo quería ser como los otros.
Sentía miedo ante lo que era salvaje y arrogante en mí.

Ya no escribiré la historia de mi estupidez
porque es tarde y se hace difícil llegar a la verdad.




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domingo


El prado en el bosque

     La verde bandera ha izado la tarde: ha soñado mi corazón...

     A la sombra de las enormes setas pace de nuevo el corzo dorado...
     Aquí trencé a los muertos las coronas del estío.
     También dije: quemado está el follaje del saúco.
     Así duermes ahora más profundo: tú sabes que yo lloré.

     A la estrella escondí muy profunda, a una lanzada de aquí:
     el lunar de tu mejilla, mi despedida del cielo.






Fotografía: Vernon Trent
Poema: Paul Celan



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con la música a otra parte






Fotografía: Eva Besnyö



martes





La voz


Cada día el silencio del cuarto solitario
se cierra sobre el leve rumor de cada gesto,
como el aire. Cada día la breve ventana
se abre, inmóvil, al aire que calla. La voz,
ronca y dulce, no vuelve en el fresco silencio.

Se abre como el respiro de quien va a hablar
y calla, el aire inmóvil. Cada día es el mismo.
Y la voz es la misma, que no rompe el silencio,
ronca e igual por siempre en la inmovilidad
del recuerdo. La clara ventana acompaña,
con su vibración breve, la calma de entonces.

Cada gesto golpea la calma de entonces.
Si sonara la voz, volvería el dolor.
Volverían los gestos en el aire asombrado,
y palabras, palabras a la voz sometida.
Si sonara la voz, hasta el temblor breve
del silencio que dura, se haría dolor.

Volverían los gestos del inútil dolor,
golpeando las cosas a lo largo del tiempo.
Pero la voz no vuelve,
y el murmullo remoto no levanta el recuerdo.
La luz inmóvil da su hálito fresco.
Para siempre el silencio calla, ronco y sumiso,
en el recuerdo de entonces





Poema: Cesare Pavese
Fotografías: Michael Gesinger



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sábado








Pinturas: Gianni de Conno



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Mariposa de otoño
me dejaste sola
entre los montes




Escuchando Battle in the forest