Hablábamos por los codos, cambiábamos impresiones de lecturas, con frecuencia de pie en un interior donde habría podido vivir un cuáquero. El tiempo pasaba, yo me aproximaba, "¿Tienes ganas de unos mimos?", preguntaba él con el tono distraído pero cariñoso de un adulto atareado al que un niño incordia. Entonces su mano me quitaba las bragas y dos falanges, cuatro, me arrancaban un gritito de dolor, porque había en aquello tanto placer como sorpresa sofocante.
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