Palabras mudas
callada disciplina.
Destrenzándome
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martes


Hablábamos por los codos, cambiábamos impresiones de lecturas, con frecuencia de pie en un interior donde habría podido vivir un cuáquero. El tiempo pasaba, yo me aproximaba, "¿Tienes ganas de unos mimos?", preguntaba él con el tono distraído pero cariñoso de un adulto atareado al que un niño incordia. Entonces su mano me quitaba las bragas y dos falanges, cuatro, me arrancaban un gritito de dolor, porque había en aquello tanto placer como sorpresa sofocante.



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Él era de gestos amplios. Si yo estaba acostada, retiraba la sábana con el mismo movimiento con que recorría mi pecho de un lado al otro; tumbada de espaldas, yo podía permanecer derecha e inmóvil mientras su palma me barría de un solo trazo, como si yo no fuese más que un boceto.

Cuando llegaba mi turno, yo, por el contrario, le exploraba con minucia, preferiblemente los pliegues corporales, detrás de la oreja, la ingle y las axilas, la ranura de las nalgas. Incluso le buscaba los surcos de líneas en sus manos entreabiertas. Todo el tiempo que duraban estos preámbulos, yo pensaba en lo delicioso que sería cuando se decidiese a darme la vuelta para poseerme como a mí me gusta...




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