La estatua y yo
En mis momentos perdidos le enseño a caminar a una estatua.
Dada su inmovilidad exageradamente prolongada, no es fácil.
Ni para ella. Ni para mí. Gran distancia nos separa, me doy cuenta.
Dada su inmovilidad exageradamente prolongada, no es fácil.
Ni para ella. Ni para mí. Gran distancia nos separa, me doy cuenta.
No soy tan tonto como para no darme cuenta.
Pero no se puede tener todas las mejores cartas en nuestro juego. Así, pues, adelante.
Lo que importa es que su primer paso sea bueno.
Para ella todo está en ese primer paso. Lo sé. Demasiado lo sé. De ahí mi angustia.
Me ejercito en consecuencia. Me ejercito como nunca antes lo hice.
Colocándome cerca de ella, de forma estrictamente paralela,
con el pie levantado igual que ella y rígido como una estaca hundida en la tierra.
No, nunca es exactamente igual. O el pie, o la combadura, o el porte, o el estilo,
siempre hay algo que falta, y la salida tan esperada no tiene lugar.
Es por eso que llegué casi a no poder caminar por mí mismo, invadido por una rigidez,
sin embargo llena de impulso, y mi cuerpo fascinado me asusta y ya no me conduce a ninguna parte.
Pero no se puede tener todas las mejores cartas en nuestro juego. Así, pues, adelante.
Lo que importa es que su primer paso sea bueno.
Para ella todo está en ese primer paso. Lo sé. Demasiado lo sé. De ahí mi angustia.
Me ejercito en consecuencia. Me ejercito como nunca antes lo hice.
Colocándome cerca de ella, de forma estrictamente paralela,
con el pie levantado igual que ella y rígido como una estaca hundida en la tierra.
No, nunca es exactamente igual. O el pie, o la combadura, o el porte, o el estilo,
siempre hay algo que falta, y la salida tan esperada no tiene lugar.
Es por eso que llegué casi a no poder caminar por mí mismo, invadido por una rigidez,
sin embargo llena de impulso, y mi cuerpo fascinado me asusta y ya no me conduce a ninguna parte.
Poema: Henry Michaux
Fotografía: Scott Nichol
