La voz
Cada día el silencio del cuarto solitario
se cierra sobre el leve rumor de cada gesto,
como el aire. Cada día la breve ventana
se abre, inmóvil, al aire que calla. La voz,
ronca y dulce, no vuelve en el fresco silencio.
se cierra sobre el leve rumor de cada gesto,
como el aire. Cada día la breve ventana
se abre, inmóvil, al aire que calla. La voz,
ronca y dulce, no vuelve en el fresco silencio.
Se abre como el respiro de quien va a hablar
y calla, el aire inmóvil. Cada día es el mismo.
Y la voz es la misma, que no rompe el silencio,
ronca e igual por siempre en la inmovilidad
del recuerdo. La clara ventana acompaña,
con su vibración breve, la calma de entonces.
y calla, el aire inmóvil. Cada día es el mismo.
Y la voz es la misma, que no rompe el silencio,
ronca e igual por siempre en la inmovilidad
del recuerdo. La clara ventana acompaña,
con su vibración breve, la calma de entonces.
Cada gesto golpea la calma de entonces.
Si sonara la voz, volvería el dolor.
Volverían los gestos en el aire asombrado,
y palabras, palabras a la voz sometida.
Si sonara la voz, hasta el temblor breve
del silencio que dura, se haría dolor.
Si sonara la voz, volvería el dolor.
Volverían los gestos en el aire asombrado,
y palabras, palabras a la voz sometida.
Si sonara la voz, hasta el temblor breve
del silencio que dura, se haría dolor.

Volverían los gestos del inútil dolor,
golpeando las cosas a lo largo del tiempo.
Pero la voz no vuelve,
y el murmullo remoto no levanta el recuerdo.
La luz inmóvil da su hálito fresco.
Para siempre el silencio calla, ronco y sumiso,
en el recuerdo de entonces
golpeando las cosas a lo largo del tiempo.
Pero la voz no vuelve,
y el murmullo remoto no levanta el recuerdo.
La luz inmóvil da su hálito fresco.
Para siempre el silencio calla, ronco y sumiso,
en el recuerdo de entonces
Poema: Cesare Pavese
Fotografías: Michael Gesinger
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