Palabras mudas
callada disciplina.
Destrenzándome
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viernes


cuando te veo esa mirada creo que nunca seré capaz de borrar tu melancolía


.

miércoles



Un nuevo comienzo,
quizá el propio comienzo


 
en tus ojos, el mundo me parece joven,
enfermo y joven, pronto a morir y joven,
dispuesto, cuandoquiera, a abrirse, con el último espasmo
en hermosura
la nevada de anoche
parece un escudo frágil
que cubre la incertidumbre
la impaciencia de ser.



.





martes


La cortesía de los ciegos


Un poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.
Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.

Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas solo,
sin luces ni colores.

Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, los neones, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y los azores tan callados, altos en el cielo.

Lee -porque es ya demasiado tarde para no leer-
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados que se pueden contar en los valles,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.

Quisiera omitir -aunque eso no es posible-
a todas aquellos santos en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con rostros.

Pero es grande la cortesía de los ciegos,
grandes su comprensión y su magnanimidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.

Alguno de ellos incluso se acerca
con un libro abierto al revés
pidiendo un autógrafo invisible para él.